CRÓNICA DE UN BINGO SOLIDARIO EN EL ANGELELLI.
“El 99”
Entre el recuerdo de los que ya no están y la urgencia de sostener la educación pública, la comunidad de las escuelas Aitué y Angelelli se reunió para demostrar que, frente al ajuste, la respuesta siempre es colectiva. Crónica de Martín Loinaz.
Hoy me había levantado con la radio encendida. Entre noticias que ya parecen repetirse, escuché que el gobierno apelaría el fallo que lo obliga a garantizar el financiamiento universitario. Otra vez la educación pública en discusión, otra vez convertida en gasto para recortar y no en derecho para sostener. Afuera, el mundo seguía con su ruido habitual, pero adentro mío había otra fecha marcando el día: se cumplían tres años de la muerte de mi vieja.
Con esa carga en el cuerpo llegué por la tarde al Angelelli. El salón ya estaba lleno. Los cartones de colores volaban por el aire pasando de mano en mano hasta llegar a su comprador; choripanes, chipas, termos y mates iban y venían. El Bingo organizado por las escuelas Aitue y Angelelli para recaudar fondos ya estaba andando. Pero apenas uno cruzaba la puerta, se hacía evidente que lo que estaba en juego era mucho más que eso. Porque mientras allá arriba se discute si la educación se financia o se ajusta, acá abajo se inventan formas de sostenerla.
Antes de entrar, me quedé charlando un rato con María. Hablamos de lo que significa hoy trabajar en Gente Nueva, de ese refugio que se arma en medio de un país y un mundo que a veces se siente cuesta arriba. Lo dijimos sin grandilocuencia, casi como quien no quiere la cosa: qué suerte pertenecer a este espacio.
Adentro, el murmullo era constante. Había estudiantes, egresados, docentes, vecinos. Algunos concentrados mirando sus cartones, otros riéndose, comentando cada número como si fuera una excusa para encontrarse. Muchos ganaron líneas, algunos cantaron bingo, otros no ganaron nada, pero igual se fueron contentos. Como si el premio estuviera en otra parte. Como si, frente a los recortes y las discusiones lejanas, este encuentro fuera también una forma de respuesta.
En un momento, mientras las bolillas giraban, me acordé de mi vieja; el bingo me la había traído. Ya de grande se había vuelto fanática del juego. Recorría clubes de barrio y salones en Buenos Aires como quien sigue una rutina sagrada. La imaginé ahí, entre nosotros, marcando números con esa mezcla de ansiedad y alegría. El recuerdo me agarró de sorpresa, pero no dolió; fue, más bien, un momento lindo, de esos que llegan sin avisar.
Gastón y Rosa, ex alumnos, ganaron uno de los bingos. Son de los que todas las tardes se acercan al colegio con su kiosquito al hombro, sumándose siempre, estando. Se abrazaron, se rieron y el salón acompañó esa alegría.
El premio mayor era una bicicleta. Lo ganó un nene de esos que siempre andan por nuestros pasillos, pero el bingo fue compartido. Hubo que desempatar. El silencio se armó solo cuando explicaron la regla: cada uno sacaría una bolilla, y la más alta se quedaría con todo.
El nene sacó primero. Miró el número y festejó como si ya supiera.
—¡Noventa y nueve! —gritó.
Durante un segundo, el salón entero celebró con él. Después vino la risa, casi al mismo tiempo que el recuerdo: en el bingo, el número más alto es el 90. El error no le quitó nada a la escena. Al contrario, la volvió más hermosa. Cuando se confirmó que su 66 era suficiente para ganar, el festejo fue aún más grande.
Salí del Angelelli con esa imagen dando vueltas. Pensé en el dinero que se había recaudado, sí, pero sobre todo en lo otro. En los vínculos, en los recuerdos que aparecen, en las historias que se cruzan. En ese 99 imposible que por un instante todos estuvimos dispuestos a creer.
Y también pensé en lo que significa, en tiempos donde la educación pública es puesta en cuestión, que una comunidad entera se junte para sostenerla. Hay cosas cuyo valor no se puede contar en números. Ni siquiera en los del bingo.
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